Tuve que
esperar a que pasase la feria de Albacete para poder tener la primera cita con
el que sería el neumólogo que se encargaría de gestionar la salud de mis pulmones de aquí en adelante. Dado que
pertenecía al cuadro médico de mi compañía y que únicamente había tres, pensé que sería mejor
escoger aquel que figurase con la especialidad de "broncoscopista", pues partía
de la base de que más pronto que tarde se me tendría que realizar alguna y no andaba equivocado.
El primer
contacto no fue realmente, digamos, muy esperanzador pues mi dichoso fino
olfato para la naturaleza humana, detectó algún tipo de "fault" en aquel
doctor afable y cercano que se afanaba por tratarme de tú. Desgraciadamente,
una vez más, no erré en la intuición acerca de su idoneidad para tratar una
dolencia tan exigente como ésta. Desde el primer momento me hacía gestos de
despreocupación y me aseguraba que hay muchas otras patologías menos graves que
podrían coincidir con el diagnóstico radiológico. En fin, aunque con muchas
reservas, acepté y adopté su forma de trabajo como la mejor vía para afrontar
el problema. Creo recordar que comenté esta inquietud en el trabajo...pero claro, ahí se quedó.
Me resultó un
tanto sospechoso que ni se molestara en echar un vistazo a los informes que le
aporté sobre la pruebas realizadas en el Hospital de Levante de Benidorm,
especialmente las relacionadas con el TAC, pues le entregué dos folios con las
claves para que pudiera bajarse las imágenes tanto del TAC como de las
Radiografías, cosa que apartó con cierto desdén sin ni siquiera echar un
vistazo. Es más, me dijo que repetiría el TAC e incluso me recomendó la clínica
Quirón como la más idónea para su realización, justificándolo con la mejor resolución
de la imagen. Esto debió saltar las alarmas en mi cabeza, pero de alguna manera seguí sus instrucciones.
A todo esto,
entre consulta y consulta, entre prueba y prueba, iba transcurriendo el tiempo,
las semanas, los meses. Siempre digo que la vida ha pasado a ser lo que ocurre
entre prueba y prueba. El caso es que seguía afirmando, a pesar de las imágenes
radiológicas, que no debía preocuparme pues era joven y todo eso. Ay, esto
todavía me alarmaba más, pues no veía motivo para tanta sobreactuación excepto
si la enfermedad realmente fuera preocupante. Por supuesto esto ya lo sabía
desde hacía tiempo y por ello había decidido seguir trabajando, continuar con mi
vida más o menos normal. También es cierto que por aquel entonces
fisiológicamente hablando no mostraba grandes síntomas (siempre y cuando no
estuviese resfriado) más allá de un agotamiento al menor ejercicio físico. Afortunadamente
mi trabajo era casi totalmente intelectual por lo que pude compatibilizarlo
hasta febrero del 17.
Estamos en
Diciembre del 16 y justo antes de
marchar de vacaciones de Navidad realicé dos pruebas transcendentales para el
diagnóstico de la enfermedad: Un TAC y una espirometría forzada con
gasometría. A estas alturas ya estaba diagnosticado por el doctor Fernando
Muñoz Rino que, por cierto, jamás me entregó informe alguno de cada una de las
visitas, dando muestras de una relajada profesionalidad en este sentido. Toda la información
que me dio hasta el día 23 de marzo del 17 fue totalmente oral. Todavía no
había visto el TAC pues me lo entregaron cuando estaba en Benidorm de
vacaciones, pero pudo ver la espirometría y gasometría hecho que le sirvió para
confirmar la enfermedad. Me volvió a tranquilizar. Siempre me dijo que tenía su
despacho abierto para lo que necesitase sin necesidad de cita previa. En honor
a la verdad esto fue así y era infrecuente que tuviera que presentar tarjeta
alguna, simplemente me plantaba en la puerta de su despacho hasta que me colaba
o esperaba que terminara las visitas concertadas para atenderme. De alguna
manera esto fue suficiente para confiar en él.
Qué importante
fue mantenerme activo en mi trabajo, pues de esta forma tuve tiempo de
ir asimilando paulatinamente el devenir de mi enfermedad sin necesidad de caer
en inútiles dinámicas de preocupación que no llegaban a ninguna parte. Únicamente una parte de mi atención se concentraba en lo que me estaba
pasando, pero jamás el tiempo suficiente como para que se convirtiera en una
obsesión o algo peor.
Mis compañeros
de trabajo y familia también jugaron un papel reseñable en la aceptación de mi
enfermedad. Desde un primer momento fui sincero en lo que respecta a mi enfermedad, quizás demasiado para lo que determinadas personas pueden
comprender, pero al final el hecho de verbalizar día tras día la gravedad de la
Fibrosis Pulmonar fue fundamental para que fuera más consciente, si cabe, de
sufrirla y aceptarla como parte de lo que me quedase de vida.
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