lunes, 22 de mayo de 2017

Septiembre 2016. Confirmación y comienzo de pruebas.


Tuve que esperar a que pasase la feria de Albacete para poder tener la primera cita con el que sería el neumólogo que se encargaría de gestionar la salud de mis pulmones de aquí en adelante. Dado que pertenecía al cuadro médico de mi compañía y que únicamente había tres, pensé que sería mejor escoger aquel que figurase con la especialidad de "broncoscopista", pues partía de la base de que más pronto que tarde se me tendría que realizar alguna y no andaba equivocado.



El primer contacto no fue realmente, digamos, muy esperanzador pues mi dichoso fino olfato para la naturaleza humana, detectó algún tipo de "fault" en aquel doctor afable y cercano que se afanaba por tratarme de tú. Desgraciadamente, una vez más, no erré en la intuición acerca de su idoneidad para tratar una dolencia tan exigente como ésta. Desde el primer momento me hacía gestos de despreocupación y me aseguraba que hay muchas otras patologías menos graves que podrían coincidir con el diagnóstico radiológico. En fin, aunque con muchas reservas, acepté y adopté su forma de trabajo como la mejor vía para afrontar el problema. Creo recordar que comenté esta inquietud en el trabajo...pero claro, ahí se quedó.  



Me resultó un tanto sospechoso que ni se molestara en echar un vistazo a los informes que le aporté sobre la pruebas realizadas en el Hospital de Levante de Benidorm, especialmente las relacionadas con el TAC, pues le entregué dos folios con las claves para que pudiera bajarse las imágenes tanto del TAC como de las Radiografías, cosa que apartó con cierto desdén sin ni siquiera echar un vistazo. Es más, me dijo que repetiría el TAC e incluso me recomendó la clínica Quirón como la más idónea para su realización, justificándolo con la mejor resolución de la imagen. Esto debió saltar las alarmas en mi cabeza, pero de alguna manera seguí sus instrucciones.



A todo esto, entre consulta y consulta, entre prueba y prueba, iba transcurriendo el tiempo, las semanas, los meses. Siempre digo que la vida ha pasado a ser lo que ocurre entre prueba y prueba. El caso es que seguía afirmando, a pesar de las imágenes radiológicas, que no debía preocuparme pues era joven y todo eso. Ay, esto todavía me alarmaba más, pues no veía motivo para tanta sobreactuación excepto si la enfermedad realmente fuera preocupante. Por supuesto esto ya lo sabía desde hacía tiempo y por ello había decidido seguir trabajando, continuar con mi vida más o menos normal. También es cierto que por aquel entonces fisiológicamente hablando no mostraba grandes síntomas (siempre y cuando no estuviese resfriado) más allá de un agotamiento al menor ejercicio físico. Afortunadamente mi trabajo era casi totalmente intelectual por lo que pude compatibilizarlo hasta febrero del 17.



Estamos en Diciembre del 16  y justo antes de marchar de vacaciones de Navidad realicé dos pruebas transcendentales para el diagnóstico de la enfermedad: Un TAC y una espirometría forzada con gasometría. A estas alturas ya estaba diagnosticado por el doctor Fernando Muñoz Rino que, por cierto, jamás me entregó informe alguno de cada una de las visitas, dando muestras de una relajada profesionalidad en este sentido. Toda la información que me dio hasta el día 23 de marzo del 17 fue totalmente oral. Todavía no había visto el TAC pues me lo entregaron cuando estaba en Benidorm de vacaciones, pero pudo ver la espirometría y gasometría hecho que le sirvió para confirmar la enfermedad. Me volvió a tranquilizar. Siempre me dijo que tenía su despacho abierto para lo que necesitase sin necesidad de cita previa. En honor a la verdad esto fue así y era infrecuente que tuviera que presentar tarjeta alguna, simplemente me plantaba en la puerta de su despacho hasta que me colaba o esperaba que terminara las visitas concertadas para atenderme. De alguna manera esto fue suficiente para confiar en él.



Qué importante fue mantenerme activo en mi trabajo, pues de esta forma tuve tiempo de ir asimilando paulatinamente el devenir de mi enfermedad sin necesidad de caer en inútiles dinámicas de preocupación que no llegaban a ninguna parte. Únicamente una parte de mi atención se concentraba en lo que me estaba pasando, pero jamás el tiempo suficiente como para que se convirtiera en una obsesión o algo peor. 


Mis compañeros de trabajo y familia también jugaron un papel reseñable en la aceptación de mi enfermedad. Desde un primer momento fui sincero en lo que respecta a mi enfermedad, quizás demasiado para lo que determinadas personas pueden comprender, pero al final el hecho de verbalizar día tras día la gravedad de la Fibrosis Pulmonar fue fundamental para que fuera más consciente, si cabe, de sufrirla y aceptarla como parte de lo que me quedase de vida.




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